Imagen de Logotipo de Por el perro 50x50Que hacemos con el galgo, animal maravilloso

Hoy os vamos a difundir un texto lleno de dolor y de lagrimas para el que lo lee y ama a este maravilloso animal «El Galgo»

Empecé a morir el día que nací. Soy un galgo, el perro más rápido del mundo, una verdadera tragedia para nuestra raza en este país.

Mi existencia fue una muerte lenta y descarnada desde el día que nací. Sobreviví apenas 3 años siendo propiedad de un cazador. Sé que hay excepciones, que no todos los cazadores son iguales, pero a mí me tocó uno sin escrúpulos. Cada semana nos ataba del cuello detrás de su quad para “entrenarnos”, pero os aseguro que eso no era un entrenamiento, eso era una tortura en toda regla. Una tortura despiadada y a la que todos temíamos, probablemente más que a la propia muerte. Recuerdo que mi hermano se cayó y lo arrastró, no paró inmediatamente. El pobrecillo no sobrevivió al entrenamiento y ni siquiera se molestó en acribillarlo a balazos, lo tiró a un pozo sin ningún miramiento. Aún respiraba. Tenía poco más de dos años.

A mí y a mis otros seis hermanos nos dolía la vida. Sí, la vida duele, probablemente más que la muerte. Nos dolía nuestra triste existencia, los días eran losas pesadas que no acaban de pasar nunca. Horas, días, meses eternos en los que poco a poco se nos iba apagando el alma, entristeciendo la mirada y enfermando el cuerpo. Atados a una cadena dentro de un cuchitril donde apenas entraba la luz, con muy poca comida y no siempre, nunca se nos permitió ser perros, éramos herramientas de caza. Herramientas de caza de usar y tirar. Y por supuesto, sin alma.

Llegó un día en el que yo ya no era tan veloz: Tenía las almohadillas en carne viva, me dolían todos los huesos de mi escuálido y demacrado cuerpecillo y ya no me sentía con fuerzas para que me volvieran a atar al aterrador quad ni una sola vez más. Ni mi cuello ni mi cuerpo resistían más atrocidades. Llevaba la humedad del zulo en el que vivíamos instalada en mis huesecillos desde hacía meses y ya sentía dolores sin ni siquiera moverme. Como máquina de correr que se me consideraba, mi angustiosa existencia había llegado a su fin. Ya no era útil.

El desalmado de mi propietario, además de tirarnos a un pozo, utilizaba el llamado “método del pianista”. Consiste en colocar una soga en el cuello de un galgo y tirar de ella hasta que se aguante de puntillas con las patas traseras. Cuando el cansancio le puede, él mismo se ahorca. Un método bárbaro, atroz y cruel, pero real. Yo mismo lo sufrí en mis carnes. Era de noche, mi propietario me ató la soga al cuello, me dejó colgando de manera que justo las uñas de mis patas traseras rozaban el suelo y desapareció en su quad. No sé cuántas horas estuve así, pero por la mañana del día siguiente el destino me tenía guardado algo completamente diferente.

La alarma la dio un perro que empezó a ladrar desesperadamente cuando me vio. Lo acompañaban dos chicas que corrieron hacia mí en cuanto me vieron. Se pusieron muy nerviosas, recuerdo que la que me cogió en brazos temblaba aún más que yo y le gritaba a otra: “¡Está vivo, está vivo, desátalo, corre, desátalo, date prisa, sácale la soga, sácasela, está vivo!” 
Sí, estaba aterrorizado, pero aún respiraba. Me dejaron en el suelo con una delicadeza desconocida para mí hasta aquel momento, me taparon con sus chaquetas y, por primera vez en mi vida, la mano de un ser humano me acarició la cara. Las dos lloraban.

LA PERRA VIDA DE UN GALGO per  Esther Cayuela

Gracias Esther Cayuela por trasmitir tan bien la dura vida de estos hermosos animales, donde su mayor virtud (la velocidad) se convierte en su peor desgracia. 

Ojala todo esto acabara algún día y «la España profunda» viera más allá de sus narices, tradiciones y justificaciones absurdas.